ALEIXANDRE, Vicente


No Star


Who said that a body

carved from kisses shines

resplendently, an orb

of happiness? Oh star of mine,

descend! May your light finally

be flesh, be body, here upon

the grass. May I at last

possess you, throbbing in the reeds,

star fallen to the earth,

who for my love would sacrifice

your blood or gleam. No, never,

heavenly one! Here, humble

and tangible, the earth awaits you.

Here, a man loves you.




Se querían


Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,

labios saliendo de la noche dura,

labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?

Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.


Se querían como las flores a las espinas hondas,

a esa amorosa gema del amarillo nuevo,

cuando los rostros giran melancólicamente,

giralunas que brillan recibiendo aquel beso.


Se querían de noche, cuando los perros hondos

laten bajo la tierra y los valles se estiran

como lomos arcaicos que se sienten repasados:

caricia, seda, mano, luna que llega y toca.


Se querían de amor entre la madrugada,

entre las duras piedras cerradas de la noche,

duras como los cuerpos helados por las horas,

duras como los besos de diente a diente solo.


Se querían de día, playa que va creciendo,

ondas que por los pies acarician los muslos,

cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...

Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.


Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,

mar altísimo y joven, intimidad extensa,

soledad de lo vivo, horizontes remotos

ligados como cuerpos en soledad cantando.


Amando. Se querían como la luna lúcida,

como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,

dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,

donde los peces rojos van y vienen sin música.


Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,

ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,

mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,

metal, música, labio, silencio, vegetal,

mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.


They loved one another


They suffered in the light, blue lips at dawn,

lips emerging from the harsh night,

cracked lips, blood—blood where?

They loved one another on a ship-like bed, half night, half light.


They loved one another as flowers love deep thorns,

that tender jewel of new yellow,

when faces turn wistfully,

moonflowers that shine as they receive that kiss.


They loved one another by night, when the dogs of the deep

throb beneath the earth and the valleys stretch out

like ancient backs beneath a passing hand:

a caress, silk, a hand, the moon that comes and touches.


In love, they loved one another at daybreak,

among the hard, closed stones of the night,

hard as bodies frozen by the passing hours,

hard as kisses of tooth against tooth alone.


They loved one another by day, the beach slowly swelling,

waves that, from their feet, caress their thighs,

bodies rising from the earth and floating…

They loved one another by day, upon the sea, beneath the sky.


Perfect midday, they loved one another so intimately,

the sea, so high and young, vast intimacy,

the solitude of the living, distant horizons

linked like bodies singing in solitude.


Loving. They loved one another like the luminous moon,

like that round sea that rests against that face,

a sweet eclipse of water, a darkened cheek,

where red fish come and go without music.


Day, night, sunsets, dawns, spaces,

new waves, ancient waves, fleeting waves, perpetual waves,

sea or land, ship, bed, feather, glass,

metal, music, lip, silence, plant,

world, stillness, their form. They loved one another—know it.


- Translation: Z. DE MEESTER





El cuerpo y el alma


Pero es más triste todavía, mucho más triste.

Triste como la rama que deja caer su fruto para nadie.

Más triste, más. Como ese vaho

que de la tierra exhala después la pulpa muerta.

Como esa mano que del cuerpo tendido

se eleva y quiere solamente acariciar las luces,

la sonrisa doliente, la noche aterciopelada y muda.

Luz de la noche sobre el cuerpo tendido sin alma.

Alma fuera, alma fuera del cuerpo, planeando

tan delicadamente sobre la triste forma abandonada.

Alma de niebla dulce, suspendida

sobre su ayer amante, cuerpo inerme

que pálido se enfría con las nocturnas horas

y queda quito, solo, dulcemente vacío.


Alma de amor que vela y se separa

vacilando, y al fin se aleja tiernamente fría.



En la plaza


Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,

sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,

llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.


No es bueno

quedarse en la orilla

como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.

Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha

de fluir y perderse,

encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.


Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,

y le he visto bajar por unas escaleras

y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.

La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.

Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,

con silenciosa humildad, allí él también

transcurría.


Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.

Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,

un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,

su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.


Y era el serpear que se movía

como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,

pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.


Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.

Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,

con los ojos extraños y la interrogación en la boca,

quisieras algo preguntar a tu imagen,


no te busques en el espejo,

en un extinto diálogo en que no te oyes.

Baja, baja despacio y búscate entre los otros.

Allí están todos, y tú entre ellos.

Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.


Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,

introduce primero sus pies en la espuma,

y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.

Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.

Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.

Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,

y avanza y levanta espumas, y salta y confía,

y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.


Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor,  en la plaza.

Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.

¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir

para ser él también el unánime corazón que le alcanza!